La necesidad del pensamiento crítico

Discurso dado en catalán en la Universidad de Lleida, en el acto de investidura de Vicenç Navarro como Doctor Honoris Causa por esta Universidad. 21 de marzo de 2013

A los miembros de la Mesa, Magnífico rector de la Universitat de Lleida, Secretaria General de la Universitat de Lleida, Presidente del Consejo Social de la Universitat de Lleida, y Decana de la Facultad de Derecho y Economía de la Universitat de Lleida, a mi padrino, el Dr. Pere Enciso, y a los asistentes, Magnífico rector de la Universidad Internacional de Cataluña, Vicerrector de la Universitat Pompeu Fabra, Autoridades académicas y civiles, Miembros de la Comunidad Universitaria.

Señoras y señores,

Muchas gracias por el honor que me confieren. Permítanme que transfiera este honor a todos aquellos que nos precedieron y que hicieron posible que ahora todos estemos aquí, en este acto de celebración a una voz crítica y que me gustaría fuera un acto de homenaje a todas las voces críticas que han hecho posible y han contribuido al progreso, a la libertad y al bienestar y solidaridad que ahora se están cuestionando.

En este acto quiero empezar agradeciendo la voz crítica de mis padres y de su generación. Hombres y mujeres que en su juventud participaron en aquel proyecto tan ilusionante de reformar nuestro país, que fue la II República. Fue la generación que intentó transformar Catalunya y España con reformas sociales, laborales, económicas y culturales que intentaban romper con el enorme conservadurismo que caracterizaba las élites económicas, financieras y religiosas gobernantes de aquel tiempo. Y entre estas reformas  estaba la de iniciar el reconocimiento de que el Estado español era y continúa siendo un Estado plurinacional, admitiendo y aceptando que Catalunya es una nación, con el derecho y con el deber de defender su identidad, su cultura, su idioma y su personalidad y deseo de ser nación.

Cada una de las reformas fue interrumpida y destruida por el golpe fascista apoyado a nivel internacional por Hitler y por Mussolini, imponiendo una de las dictaduras más sangrientas y crueles que haya existido en Europa en aquel periodo.

Me entristeció ver, al retorno del exilio, que mis estudiantes universitarios sabían muy poco de la historia de este país. Parecía cómo si creyeran que el dictador era como una persona mayor con mal genio. Con mayor elaboración, esta percepción se reproducía también en el discurso académico que subrayaba que aquella dictadura era, según la sabiduría convencional, un régimen autoritario, pero no totalitario, asumiendo erróneamente que aquel régimen no intentaba cambiar la totalidad de la sociedad, como intentan los regímenes totalitarios. Pero aquellos que vivimos y sufrimos aquel régimen, sí que vimos el intento de aquella dictadura de intervenir a las esferas más íntimas de la personalidad, desde nuestra lengua, la lengua que hablaba nuestro pueblo, hasta las relaciones interpersonales, e incluso en los sentimientos. Intento realizado con una enorme brutalidad. Por cada asesinato político que cometió Mussolini, Franco cometió 10.000, cómo ha documentado el profesor Malekafis, experto en el fascismo europeo, de la Universidad de Columbia de Nueva York.

Y fue la generación de mis padres la que sufrió aquella enorme represión. Es a ellos a quien el país tendría que honrar. Muchos fueron asesinados, otros encarcelados, muchos otros torturados, y todavía otros expulsados. Es importante que les agradezcamos su sacrificio y que los honremos. Con especial atención merecen serlo los maestros, entre ellos mis padres, que fueron expulsados del Magisterio, siendo maestros de Gironella, en el Bergadà, como miles y miles de maestros. Y otros que tuvieron que exiliarse, como los miles y miles de catalanes y españoles que iniciaron la diáspora republicana. Muchos de ellos –como mis tíos y tías- que iniciaron el maquis francés contra los nazis, fueron detenidos y enviados a campos de concentración nazis. Es a ellos y a todos los que sobrevivieron a aquella pesadilla y que continuaron su lucha por la democracia, la libertad y la justicia, estuvieran donde estuvieran. Muchos de ellos acabaron en América Latina, que los recibió con los brazos abiertos. A ellos también hay que honrarlos, pues sus voces críticas ante las estructuras del poder dictatorial mantuvieron vivas las aspiraciones por un mundo mejor.

Y en mis viajes alrededor del mundo, he visto y saludado esta enorme diáspora republicana tan olvidada en Cataluña y en España. Mis tíos y su generación, combatientes antifascistas en España, y antinazis en Francia, han sido olvidados en este país y honrados en cambio en Francia. Este silencio ensordecedor en Cataluña y en España necesita, no sólo una voz, sino un grito de protesta.

Y tenemos que honrar a las generaciones de los años cincuenta, que iniciamos la resistencia antifascista con las movilizaciones en las calles, y de los años sesenta y setenta, con movilizaciones que forzaron el fin de la dictadura. Nunca olvidemos lo que se intenta hacer que olvidemos: que Franco murió en la cama, pero la dictadura murió en la calle. Sin aquellas movilizaciones, lideradas por el movimiento obrero, la dictadura no hubiera acabado.

La fuerza de las movilizaciones fue lo suficientemente fuerte para que la nomenclatura que gobernaba el Estado fascista se tuviera que abrir para permitir un aire fresco de reformas. Pero hubo un enorme desequilibrio de fuerzas en aquel momento histórico, llamado Transición, en el cual las fuerzas conservadoras dominaban el Estado y la mayoría de los medios de información y persuasión, mientras que las fuerzas democráticas lideradas por las izquierdas acababan de salir de la prisión y/o volvían del exilio.

Resultado de tal desequilibrio, se estableció una democracia muy incompleta, con grandes limitaciones en las formas de participación ciudadana en la gobernanza del país, y con unas leyes electorales que sistemáticamente han discriminado a las izquierdas.

Y esta es la causa de un bienestar tan insuficiente. España y Cataluña, con más de treinta años con un sistema democrático, continúan a la cola de la Europa Social. El gasto público social por habitante continúa siendo el más bajo de la Eurozona. Y esto no es porque seamos pobres. En realidad, España tiene el 91% del nivel de riqueza de los países más ricos de la UE, es decir de la UE-15. Y Cataluña tiene nada menos que el 110% de aquel promedio. Y sin embargo, el gasto público social por habitante es sólo el 78% del promedio de la UE-15 en España y el 82% en Cataluña.

La causa de este retraso es la misma que en Grecia, Portugal, Irlanda y ahora Italia: el gran dominio de las fuerzas conservadoras sobre sus Estados, que determina unos ingresos bajos al Estado, como consecuencia de unas políticas fiscales regresivas y un enorme fraude fiscal, realizado principalmente por los sectores más pudientes de la población.

Pero este retraso social va acompañado de la falta de resolución de otro problema grave: la no resolución del carácter plurinacional del Estado español. Y esta falta de resolución nos está llevando a la desintegración del Estado español, de la cual son responsables, y muy en primer lugar, las voces conservadoras jacobinas procedentes del nacionalismo español que en su incapacidad de entender que España tiene varias naciones, está estimulando el independentismo catalán. Negando el derecho de autodeterminación están estimulando el sentimiento de independencia.

No soy partidario de la independencia de Cataluña, pero entiendo el independentismo catalán. Defiendo, como siempre defendimos las izquierdas, no sólo catalanas sino también españolas, el derecho de autodeterminación que ahora se llama derecho de decisión.

Es importante, sin embargo, reconocer que estos sentimientos se están estimulando de una manera oportunista para ocultar el enorme déficit social y las políticas de austeridad que están dañando a las clases populares. Hay que ser crítico con las fuerzas conservadoras en España que están utilizando el nacionalismo españolista como manera de ocultar unas impopulares políticas de austeridad. La evidencia de que esto está pasando es abrumadora. Hay que ser crítico con esta realidad.

Pero hay que ser también crítico con las fuerzas catalanas conservadoras que también están utilizando este movimiento de protesta –que considero justo- para esconder unas políticas de claro corte neoliberal que están dañando al pueblo catalán. No es sólo el déficit fiscal, que existe y se tiene que eliminar, el responsable del retraso social. Es la fuerza y alianza de clases, que se traduce en la alianza política en las Cortes Españolas y hasta hace poco en el Parlamento de Cataluña, entre las derechas a los dos lados del Ebro, la que determina el enorme retraso social de Cataluña –y también de España-.

Y aquí sí que encuentro muy pocas voces críticas. En parte porque hay un gran control de los foros donde tales voces tienen dificultades para participar.

Y es aquí donde querría acabar haciendo algunas observaciones sobre el proyecto académico y universitario. La universidad tiene que analizar la realidad que nos rodea, con el rigor que tiene que guiar todo proyecte científico. Pero el análisis de la realidad tiene que incluir la motivación de cambiar tal realidad. Tenemos que conocer la realidad para cambiarla. Es fundamental que la universidad se independice del poder financiero y económico que tiene tanta influencia a la vida política y mediática del país.

Por este motivo cuando volví a casa, al país mío y nuestro, me preocupó en gran manera que se estaba idealizando la academia norteamericana. Veo que los mismos colegas que en los años cincuenta y setenta gritaban “Yankees go hombre” ahora envían a sus hijos a los Estados Unidos. Me parece muy bien que los estudiantes catalanes y españoles viajen también a los Estados Unidos y aprendan de aquellos centros académicos. Ahora bien, me preocupa que muchos queden totalmente seducidos y vean la luz pero no las sombras de aquellas universidades, y muchos de ellos no vean la enorme y excesiva influencia que el mundo financiero y económico de aquel país tiene en la academia norteamericana. El enorme fracaso de la comunidad universitaria de economistas de los EEUU de no saber predecir la enorme crisis financiera es un indicador de ello. El conocimiento académico de la economía está en quiebra.

Repito que queda mucho para aprender. Y yo mismo –medio siglo de académico en aquel país- he apoyado y continúo apoyando el intercambio. Pero es fundamental que el proyecto académico catalán se base en una filosofía de servicio a las clases populares y no a las estructuras del poder, pues nuestro servicio tiene que ser precisamente dar a conocer la realidad que vive nuestro pueblo para indicar y mostrar las intervenciones encaminadas a mejorar su bienestar y calidad de vida.

Hace falta también redefinir patriotismo catalán y patriotismo español, porque este es un sentimiento muy vulnerable a ser manipulado. El más patriota es el que más hace para mejorar la calidad de vida de aquellos que viven y trabajan en Cataluña y/o en España, y muy en particular, las clases populares. Hay que protestar por la utilización de las banderas para finalidades clasistas anteponiendo la supuesta defensa de la patria al bienestar de la población. Y esta observación se aplica a los dos lados del Ebro.

Cómo también hay que evitar el otro extremo en el cual, en bases a un malentendido internacionalismo, la defensa de la nación catalana queda diluida en una homogeneización internacional que implica la pérdida de nuestra identidad. Hay que sentirse hermanado con otros pueblos y naciones, empezando, en nuestro caso, con aquellos a quienes el Noi del Sucre, el gran dirigente del movimiento obrero de Cataluña, definió como “naciones y pueblos de Iberia”. Respeto a aquellos que no se sienten cómodos con este sentimiento e incluso simpatizo con ellos porque yo tampoco me identifico con esta España oficial, y que es la España heredera de la dictadura y de la Transición inmodélica. Esta no es mi España. Pero no abandonaré la esperanza que otra España sea posible, y creo que está ya surgiendo de las calles de las poblaciones de aquel territorio en su protesta social que toma lugar cada día. Y no abandono tampoco la esperanza de que tengamos otra Cataluña donde la mayoría del pueblo catalán pueda elegir su futuro, con plena libertad y pluralidad ideológica de los medios, que hoy no existe en Cataluña, ni tampoco en España.

Espero que todos podamos continuar trabajando en este proyecto con el sentido crítico tan necesario en nuestro país. Así lo espero. Gracias por el honor.

Vicenç Navarro

Catedrático de Políticas Públicas

Universidad Pompeu Fabra

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Asociación cultura y solidaridad
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